Hace unos días vi Mis muertos tristes, una serie argentina protagonizada por Mercedes Morán que recomiendo muchísimo, especialmente a quienes tienen interés en la espiritualidad y en los misterios que rodean la muerte.
Me sentí profundamente identificada con su planteamiento. No solamente por la posibilidad de seguir conectados con quienes murieron, sino también por algo que considero muy importante: la manera en que una persona muere y lo que puede suceder con su espíritu después.
Desde mi experiencia y mis creencias espirituales, considero que no todas las almas atraviesan ese proceso de la misma manera. Una muerte repentina, violenta o cargada de sufrimiento puede dejar situaciones sin resolver, apegos o una conciencia que todavía permanece ligada a este plano.
Es una convicción que he ido construyendo a lo largo de muchos años de trabajo y experiencias personales.
Pero la serie también me hizo pensar en algo mucho más íntimo.
Estoy en una etapa de mi vida en la que pienso bastante en la muerte. No porque quiera morirme, porque esté triste o porque haya perdido las ganas de vivir. Todo lo contrario. Amo mi vida, tengo proyectos y todavía me quedan muchísimas cosas por disfrutar.
Sin embargo, cuando llegamos a cierta edad, empezamos a tomar conciencia de nuestra propia finitud. Aunque no queramos pensarlo, sabemos que el tiempo pasa y que, si la vida sigue su curso natural, nos vamos acercando a ese momento.
Y curiosamente, desde hace un tiempo, siento cada vez más cerca a mis muertos.
Mi papá, mi mamá, mi abuela materna y una amiga muy querida.
Los pienso, les hablo y muchas veces siento profundamente su presencia, su compañía y su protección.
No es solamente extrañarlos o recordarlos con cariño. Es una conexión que siento muy real y que no necesito explicar ni demostrar.
También he descubierto que con los años cambia nuestra manera de mirar a quienes ya partieron. Especialmente a nuestros padres. Comprendemos mejor sus historias, sus dificultades, sus errores y aquello que quizás durante mucho tiempo les reclamamos.
Hoy puedo mirarlos con más comprensión, sin necesidad de idealizarlos. Y siento que eso también ha transformado mi relación con ellos.
A veces me pregunto si esta cercanía tiene que ver con mi propia conciencia de la muerte, con una mayor sensibilidad espiritual o simplemente con que hoy los necesito de otra manera.
No tengo una respuesta definitiva.
Lo que sí sé es que sentirlos cerca no me produce tristeza. Al contrario, me da paz.
Y pensar en mi propia muerte tampoco me aleja de la vida. Me recuerda que el tiempo es valioso, que hay cosas que ya no merecen tanta preocupación y que todavía tengo mucho por vivir.
Quizás por eso me conmovió tanto la escena final de la serie, cuando la protagonista está sentada a la mesa con su hija y sus muertos.
Es una imagen que, para mí, resume algo muy profundo. Durante su vida hubo heridas, conflictos y situaciones dolorosas con algunas de esas personas. Sin embargo, al final puede compartir ese espacio con ellas y reconocer su compañía.
Y creo que ahí está también una parte importante de lo que me sucede.
Con el tiempo vamos comprendiendo que quienes amamos no fueron perfectos, que algunas relaciones nos dejaron heridas y que no todo pudo resolverse mientras estaban vivos.
Pero llega un momento en que podemos dejar de mirar solamente lo que dolió y reconocer también lo que esas personas significaron para nosotros.
Hoy necesito a mis muertos. No porque haya olvidado sus errores ni porque mi historia con ellos haya sido perfecta, sino porque hoy puedo sentir su compañía desde otro lugar.
Y si algo me dejó esa última escena es una reflexión que quiero compartir:
Quizás hacer las paces con nuestros muertos no signifique resolver todo lo que quedó pendiente, sino aprender a sentarlos nuevamente a nuestra mesa, con toda su historia, y descubrir que todavía podemos sentirnos acompañados por ellos.
Nancy Bosiak
Samadhi Salud – Centro de Conciencia y Transformación
