Hay dolores que pueden contarse. Hay otros que apenas pueden nombrarse. La muerte de un hijo pertenece a esos dolores para los que las palabras parecen no alcanzar. Porque una madre puede aprender a vivir después de la pérdida, puede volver a trabajar, reír, celebrar un cumpleaños, disfrutar de una comida, viajar, enamorarse de la vida otra vez… y aun así seguir siendo una madre que extraña a su hijo y siente ese vacío eterno.
Escribo sobre muchos temas desde mi propia experiencia. A esta altura de mi vida, gran parte de lo que comparto también ha pasado, de alguna manera, por mi historia, por mi cuerpo o por mi alma. Este no. Y lo digo con profundo respeto y también con agradecimiento. No conozco ese dolor desde el lugar de una madre que ha perdido un hijo. Por eso no pretendo explicar cómo se siente ni decirle a ninguna mujer cómo debería atravesarlo.
Escribo desde otro lugar: desde tantos años de acompañar el dolor humano y desde algo que cada vez comprendo más profundamente: hay duelos que no se cierran. Se aprende a vivir con ellos.
Quizás una de las cosas más difíciles para una madre que ha perdido un hijo sea descubrir que, pasado cierto tiempo, el mundo comienza a esperar que esté mejor. Al principio todos comprenden. Todos llaman. Todos permiten el llanto. Después aparece el silencio incómodo.
“Tenés que seguir adelante.”
“Él no querría verte así.”
“Tenés otros hijos.”
“Tenés que ser fuerte.”
“Ya pasó mucho tiempo.”
“Por algo pasan las cosas.”
Muchas de esas frases se dicen con buena intención. Pero una buena intención no siempre consuela. A veces, detrás de la necesidad de que esa madre esté mejor, hay algo que ni siquiera advertimos: nos cuesta verla sufrir. Queremos que deje de llorar porque su dolor nos enfrenta con algo que no podemos solucionar.
Y hay cosas que no se solucionan. Se acompañan. A veces no hace falta decir nada. Hace falta sentarse al lado. Escuchar. Abrazar. Dejar llorar. No buscar una explicación para lo inexplicable.
Una madre no tiene que demostrar que está bien
El duelo no tiene calendario. Puede haber pasado un año, cinco, diez o treinta. Habrá días en los que esa mujer pueda hablar de su hijo y sonreír. Y habrá otros en los que una canción, una fecha, un perfume, una fotografía o un recuerdo inesperado le devuelvan de golpe la ausencia.
Eso no significa que haya retrocedido. Significa que sigue amando a alguien a quien ya no puede abrazar.
Y tiene derecho a vivir ese dolor a su manera. Tiene derecho a decir: “Hoy no quiero hablar”. Y también: “Hoy necesito hablar de él”. Tiene derecho a llorar aunque hayan pasado muchos años. A guardar sus cosas o a desprenderse de ellas. A celebrar una fecha o a no querer hacerlo. A necesitar compañía o a pedir que la dejen sola.
Y tiene derecho a poner límites, incluso a las personas que la aman. Acompañar a una madre en duelo no nos da derecho a decidir cuánto debe llorar, cuándo tiene que estar mejor o de qué manera debería recordar a su hijo.
No tengas miedo de nombrarlo
Muchas personas dejan de mencionar al hijo que murió porque creen que nombrarlo hará sufrir a su madre. Pero ella no necesita que nadie se lo recuerde. Ella no lo olvidó.
Quizás escuchar su nombre duela. Pero también puede doler sentir que, con el paso del tiempo, todos dejaron de nombrarlo. Ese hijo existió. Fue amado. Tiene una historia. Y sigue teniendo un lugar en esa familia.
Desde una mirada sistémica, la muerte no borra la pertenencia. Ese hijo sigue siendo hijo. Sus hermanos siguen siendo sus hermanos. Su madre sigue siendo su madre. Reconocer su lugar no significa quedarse atrapado en la muerte. Significa no tener que borrar a quien amamos para poder continuar viviendo.
Cuando intentamos entenderlo desde el alma
Para quienes creemos que somos mucho más que este cuerpo y que nuestra alma continúa después de la muerte, puede existir otra manera de mirar estas experiencias. Yo creo que las almas se encuentran por alguna razón. Creo que hay almas que llegan para acompañarnos durante muchos años y otras que están con nosotros mucho menos tiempo.
Y ninguna madre elegiría conscientemente vivir la muerte de un hijo. Ninguna. Pero desde una mirada espiritual, podemos pensar que antes de llegar a esta vida nuestras almas hicieron acuerdos que hoy no recordamos. Acuerdos de amor, de aprendizaje y también algunos profundamente dolorosos.
¿Por qué un alma aceptaría algo así? No tengo esa respuesta. Y tampoco creo que debamos tenerla. Tal vez algunas experiencias sean tan grandes que solamente podamos comprenderlas cuando ya no estemos aquí. Tal vez haya cosas que nuestra mente humana nunca pueda explicar, aunque nuestra alma sí conozca su sentido.
Pero creer en esos pactos no significa decirle a una madre que “tenía que pasar”. Mucho menos pedirle que encuentre rápidamente una enseñanza en la muerte de su hijo.
Hay momentos en los que no hay que buscar ninguna enseñanza. Hay que llorar. Hay que extrañar. Hay que enojarse con la vida, con Dios, con uno mismo o con quien sea necesario. La espiritualidad también tiene que permitirnos eso. Porque tener fe no significa no sufrir. Y creer que el alma continúa no hace que unos brazos dejen de extrañar el cuerpo que alguna vez abrazaron.
Quizás algún día esa madre pueda sentir que el vínculo con su hijo no desapareció, sino que cambió. Que ya no puede tocarlo, pero puede hablarle. Recordarlo. Sentirlo cerca. Soñarlo. Encenderle una vela. Decir su nombre. O simplemente cerrar los ojos y encontrarlo en ese lugar íntimo donde nadie más puede entrar.
El duelo de una madre no termina. Se transforma.
No creo que una madre tenga que “superar” la muerte de un hijo. Creo que, con el tiempo, aprende a llevar ese amor de otra manera.
Volver a vivir no traiciona a quien murió. Reír no lo borra. Disfrutar no significa haberlo olvidado. Volver a amar la vida no significa amar menos a ese hijo.
Tal vez uno de los movimientos más profundos sea justamente ese: permitirse seguir viviendo llevando a su hijo en el corazón, sin tener que seguirlo en su destino.
Acompañar el duelo desde Samadhi Salud
A lo largo de estos años he acompañado a muchas madres y familias atravesando pérdidas profundamente dolorosas. Y el acompañamiento que realizo es integral, porque una pérdida de esta magnitud no queda solamente en los pensamientos o en los recuerdos. El dolor también queda registrado en el cuerpo, en las emociones y en la energía. Por eso lo trabajamos desde todos esos lugares.
Acá no se trata de hacer una terapia para dejar de sentir. Tampoco de olvidar, cerrar una etapa o desprenderte de quien amas. No hay nada que borrar.
Es un acompañamiento terapéutico del duelo para que puedas expresar lo que sientes sin que nadie te apure, escuchar lo que tu cuerpo está mostrando, liberar aquello que emocional y energéticamente necesita moverse y darle un lugar a una experiencia que cambió tu vida para siempre.
Trabajamos para aceptar lo sucedido, ordenarlo dentro de tu historia y, poco a poco, aprender a transmutar ese dolor. No para que deje de existir, sino para que puedas llevarlo de una manera diferente.
No se trata de dejar atrás a tu hijo para poder seguir adelante. Se trata de encontrar una forma de seguir caminando sin dejar de amarlo y sin sentir que para volver a vivir tienes que olvidarlo.
Porque hay dolores que necesitan tiempo. Y hay momentos en los que también necesitamos que alguien nos acompañe a atravesarlos.
Pedir ayuda no significa querer olvidar. También puede ser una manera de aprender a vivir con ese amor y con esa ausencia.
Te abrazo
Nancy B.
