Lo que viven, sienten y necesitan quienes cuidan y sostienen a otros.
Hay una pregunta que, después de más de 25 años acompañando procesos humanos, tiene cada vez más sentido para mí: ¿quién sostiene al que sostiene?
Porque acompañar a otro no es solamente escuchar lo que cuenta. Al menos para mí nunca lo ha sido.
Yo siento a cada paciente.
Cada persona que entra en mi consultorio —o que se encuentra conmigo a través de una pantalla— genera un encuentro, y en ese encuentro algo se mueve.
Percibo su campo energético, pero también observo lo que comienza a suceder en el mío. Mi cuerpo registra, mis emociones responden, mi intuición se activa. A veces aparece una sensación física; otras, una imagen, una palabra, un cambio de temperatura, cansancio, presión, dolor o náuseas. Hay momentos en los que simplemente sé que algo se está moviendo aunque todavía no pueda ponerle nombre.
Con los años aprendí que mi cuerpo también forma parte de mi herramienta terapéutica.
Eso no significa interpretar automáticamente cada cosa que siento. También aprendí a esperar, observar y discernir: ¿esto pertenece a la persona que tengo delante?, ¿está apareciendo en el encuentro entre ambos?, ¿o está tocando algo mío?
Porque en una sesión se encuentran dos personas, pero también dos historias, dos mundos emocionales y dos campos energéticos.
Y eso inevitablemente produce movimiento.
He llorado con mis pacientes. Me he emocionado profundamente con sus historias, con sus dolores y también con sus transformaciones.
Y he reído. Muchísimo.
Nos hemos reído juntos, hemos hecho bromas y algunas veces una sesión que comenzó con lágrimas terminó con una carcajada.
Y me gusta que sea así, porque yo soy así.
No sabría acompañar escondida detrás de un personaje terapéutico que no me representa. Puedo ser profunda, confrontar, permanecer en silencio cuando no hacen falta palabras, emocionarme y también reírme.
Y siento que también por eso me siguen eligiendo.
Porque una sesión terapéutica no tiene que ser solemne para ser profunda.
Durante mucho tiempo existió una concepción de la distancia profesional que parecía exigir que el terapeuta dejara sus emociones fuera del espacio terapéutico. Mi experiencia me llevó hacia otro lugar.
No necesito convertirme en una pared para acompañar profundamente a alguien.
Emocionarme no me hace una terapeuta débil. El límite está en otro lugar: puedo emocionarme contigo sin que tú tengas que hacerte cargo de mi emoción.
Puedo sentir tu dolor sin apropiármelo.
Porque sentir al otro no significa cargar con el otro.
Y cuando trabajamos desde una mirada bioenergética, esto adquiere todavía otra dimensión. En una sesión no solamente escucho palabras. Observo el cuerpo, los silencios, la respiración, los movimientos y aquello que comienza a suceder en el campo energético.
Y mi propio campo responde.
Lo siento con cada paciente, aunque no con todos de la misma manera.
Hay sesiones en las que mi cuerpo se manifiesta con enorme intensidad y otras donde el registro es más sutil. Algunas movilizan determinadas sensaciones físicas; otras despiertan emociones, imágenes o intuiciones.
Y algunas historias hacen algo todavía más interesante:
me constelan a mí.
Una frase, una relación con una madre, un abandono, un hijo, una pérdida o una historia familiar puede tocar inesperadamente una pieza de mi propia historia.
Eso tampoco me hace menos terapeuta.
Lo importante es reconocerlo y saber que, cuando algo del proceso del paciente despierta algo mío, el paciente no tiene que hacerse cargo de eso. Me corresponde a mí mirarlo.
Los terapeutas no dejamos nuestra biografía afuera del consultorio.
Seguimos teniendo familia, vínculos, pérdidas, heridas, alegrías, contradicciones y preguntas.
Y quizá una de las capacidades más importantes que desarrollé durante todos estos años no fue conseguir que nada me atravesara.
Fue aprender a dejarme atravesar sin quedarme con todo lo que me atraviesa.
Recibir sin apropiarme. Sentir sin absorber indiscriminadamente. Limpiar mi campo. Recuperar mi energía. Volver a mi centro. Devolver aquello que no me pertenece y trabajar aquello que sí encontró dentro de mí un lugar donde resonar.
Porque ser canal no significa convertirse en recipiente.
También hay algo curioso que sucede cuando ocupamos durante mucho tiempo el lugar de quien sostiene: los demás pueden comenzar a creer que nosotros no necesitamos lo mismo que damos.
Como acompaño, pareciera que no necesito ser acompañada. Como escucho, que no necesito ser escuchada. Como tengo herramientas, que mi vida no me duele, que todo me resulta más fácil o que siempre sé qué hacer.
Y no es así.
Por eso creo profundamente que un buen terapeuta también necesita su propio terapeuta. Personalmente, me cuesta confiar en un profesional que acompaña procesos humanos pero no tiene un espacio donde revisar los propios, mirarse y también dejarse sostener.
Tener herramientas no elimina nuestra necesidad humana de apoyo.
Pero todo esto no ocurre solamente dentro de un consultorio.
También sucede con quienes cuidan.
Con la hija que acompaña a sus padres cuando envejecen. Con quien cuida a alguien enfermo. Con la persona que sostiene emocionalmente a su pareja. Con la madre que parece poder con todos. Con el amigo al que llaman cada vez que algo se derrumba. Con esa persona de la familia que siempre escucha, organiza, contiene y resuelve.
Ellos también reciben.
También sienten.
También se cansan.
Y cuanto mejor sostienen, más fácil es que los demás olviden que ellos también necesitan ser sostenidos.
No creo que la respuesta sea dejar de cuidar, dejar de sentir o construir una coraza para que nada nos afecte.
El aprendizaje, para mí, está en otro lugar:
estar profundamente presentes sin desaparecer dentro de la necesidad del otro.
Reconocer cuándo estamos acompañando y cuándo comenzamos a cargar.
Saber regresar a nosotros.
Porque acompañar no debería significar acumular.
Cuidar no debería significar desaparecer.
Sentir no debería significar absorber.
Y ser fuerte no debería significar dejar de emocionarnos.
Después de más de 25 años sigo sintiendo a cada persona que acompaño.
Sigo emocionándome.
Sigo llorando algunas veces.
Sigo riéndome muchísimo.
Sigo encontrándome, de vez en cuando, con partes de mí en las historias de otros.
Y me gusta que sea así.
No quiero que los años de experiencia me vuelvan impermeable. Quiero que me den cada vez más conciencia para saber qué hacer con todo aquello que siento.
Mi fortaleza como terapeuta no está en conseguir que nada me toque.
Está en poder dejarme tocar sin perder mi centro.
En acompañar sin apropiarme.
En sentir sin cargar.
En estar disponible para el otro sin abandonarme a mí.
Porque detrás de quien escucha, cuida, acompaña, contiene o sostiene sigue existiendo una persona.
Y quizás por eso la pregunta no sea cuánto más podemos sostener.
Sino:
¿quién sostiene al que sostiene?
Te abrazo
Nancy B.
