Autismo: Seres Estelares Habitando un Mundo Humano

La otra mirada

Hace muchos años que trabajo con niños y también con adultos dentro del espectro autista. Y cuanto más comparto con ellos, menos puedo mirarlos solamente desde un diagnóstico.

Porque cuando uno logra atravesar esa primera capa de aquello que aparentemente “no encaja”, descubre un mundo fascinante.

Yo lo he vivido.

He sentido y disfruto de su mundo. Disfruto esa manera tan particular que tienen de percibir, de sentir, de conectar. Hay algo profundamente genuino en ese universo que muchas veces desde afuera se interpreta como aislamiento o desconexión.

Y más de una vez, trabajando con ellos, he sentido que su mundo es tan profundo, tan sensible y tan maravilloso que me encantaría poder quedarme un poco más ahí.

Por eso mi mirada sobre el autismo hace mucho tiempo dejó de ser solamente terapéutica.

Hay algo que me pregunto cada vez con más fuerza:

¿Y SI NO HUBIERA ALGO QUE CORREGIR EN ELLOS?¿Y SI HUBIERA ALGO QUE NOSOTROS TODAVÍA NO ESTAMOS SABIENDO COMPRENDER?

Estamos acostumbrados a pensar la evolución como una línea en la que todos deberíamos avanzar de la misma manera.

Pero ¿quién dijo que la evolución tiene una sola forma?

Desde mi mirada espiritual, muchos de estos niños tienen características que yo relaciono con lo que llamamos niños estelares.

Para mí son seres que encarnan otra frecuencia vibratoria, mucho más sutil y elevada que la que habitualmente sostiene el ser humano que llamamos “normal”.

Y quizás justamente por eso les resulte tan difícil adaptarse a determinadas estructuras de este mundo.

Porque perciben de otra manera.

Sienten de otra manera.

Procesan de otra manera.

Se relacionan con el cuerpo, con el entorno, con las emociones y con la energía desde lugares que nosotros todavía estamos intentando comprender.

No creo que hayan venido simplemente a adaptarse al mundo que nosotros construimos.

A veces siento exactamente lo contrario.

Siento que vienen a cuestionarlo.

Porque nuestro mundo está lleno de ruido, sobreestimulación, velocidad, exigencias, estructuras rígidas y maneras establecidas de hacer absolutamente todo.

Y cuando aparece un ser que no puede —o no quiere— funcionar dentro de esas reglas, inmediatamente pensamos que algo está mal.

Entonces intentamos adaptarlo.

Regularlo.

Normalizarlo.

Hacer que tolere nuestro ruido, nuestros tiempos, nuestras formas de comunicarnos, nuestra manera de vincularnos.

Pero pocas veces nos preguntamos si tal vez somos nosotros quienes tenemos que aprender otra manera de acercarnos a ellos.

Quizás el desafío no sea bajar su frecuencia para que puedan entrar en nuestro mundo.

Quizás el verdadero desafío sea que nosotros podamos elevar nuestra percepción lo suficiente como para empezar a comprender el suyo.

Yo no romantizo el autismo. Sé perfectamente que existen diferentes grados, dificultades importantes y familias que atraviesan situaciones profundamente complejas.

Pero una cosa no invalida la otra.

Podemos acompañar una dificultad sin reducir a una persona a esa dificultad.

Podemos ofrecer herramientas sin intentar apagar aquello que la hace diferente.

Podemos ayudarla a vivir en este mundo sin obligarla a renunciar al suyo.

Porque trabajando con ellos aprendí algo que para mí es fundamental:

que alguien no pueda entrar fácilmente en nuestro mundo no significa que dentro del suyo no esté sucediendo algo extraordinario.

Quizás algunos de estos seres estén percibiendo dimensiones de la realidad para las cuales nosotros hemos perdido sensibilidad.

Quizás por eso necesitan retirarse.

Quizás por eso ciertos estímulos los desbordan.

Quizás por eso su relación con el lenguaje, con el cuerpo, con el contacto o con las emociones es diferente.

No tengo necesidad de convertir esto en una verdad absoluta.

Es mi experiencia.

Es lo que observo.

Es lo que siento cuando trabajo con ellos.

Y después de tantos años acompañándolos, cada vez tengo menos interés en preguntarme solamente qué les pasa.

Me interesa mucho más preguntarme:

¿Quiénes son?

¿Cómo perciben?

¿Desde dónde sienten?

¿Qué hay dentro de ese universo al que nosotros apenas conseguimos asomarnos?

Y, sobre todo:

¿qué vienen a enseñarnos?

Tal vez algún día dejemos de medir la evolución humana únicamente por la capacidad de adaptarnos al mundo que ya existe.

Tal vez evolucionar también sea tener la capacidad de reconocer una conciencia diferente cuando aparece delante de nosotros.

Porque quizá estos niños no llegaron tarde a nuestra evolución.

Quizá llegaron antes.

Te abrazo

Nancy B.

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