Hay sensaciones de la infancia que los años no borran. Quizás porque en aquel momento no sabíamos explicarlas, pero el corazón sí sabía perfectamente cómo se sentían.
Yo, muchas veces, me sentía el bichito raro.
Desde muy pequeña me vinculaba naturalmente con niños que tenían una realidad económica más humilde que la mía. No era algo que pensara ni eligiera conscientemente. No veía niveles sociales, no me preguntaba quién tenía más o quién tenía menos.
Simplemente me acercaba a quien me nacía acercarme.
Pero los demás sí lo veían.
Y muchas veces, los niños de mi mismo entorno, aquellos con quienes supuestamente yo debía compartir, comenzaron a dejarme afuera.
Yo no entendía por qué.
Solo sentía esa cosa tan dolorosa que siente un niño cuando descubre que no lo eligen.
Cuando sabes que hay un grupo al que podrías pertenecer, pero por alguna razón no perteneces.
Cuando empiezas a darte cuenta de que eres diferente, aunque todavía no tengas edad para comprender qué significa ser diferente.
Y así fui creciendo muchas veces sintiéndome el bichito raro.
Por un lado estaban aquellos con quienes se suponía que debía encajar.
Por el otro, aquellos con quienes mi corazón elegía estar.
Y en el medio estaba yo.
Tratando de entender dónde estaba mi lugar.
Creo que una de las heridas más silenciosas de la exclusión nace justamente ahí: cuando comenzamos a preguntarnos qué deberíamos cambiar de nosotros para que los demás nos quieran cerca.
Porque un niño no piensa:
“Ellos no comprenden mi manera de ser”.
Un niño siente:
“Hay algo en mí que hace que no me quieran.”
Y eso duele.
Después crecemos, pasan los años, cambiamos de escenarios y de personas… pero muchas veces seguimos llevando dentro a ese niño que todavía mira alrededor buscando dónde lo van a dejar entrar.
Hasta que comenzamos a conocernos de verdad.
Mi camino espiritual, el trabajo con la energía y, muchos años después, las Constelaciones Familiares me permitieron darle otro significado a muchas cosas de mi propia historia.
Comprendí que no todos resonamos con las mismas personas, los mismos ambientes ni las mismas formas de vivir.
La vibración no entiende de apellidos, dinero, profesiones ni lugares sociales.
La energía reconoce otra cosa.
Reconoce dónde puede ser ella misma.
Y quizás por eso, aun siendo tan pequeña, yo elegía desde un lugar que todavía no podía comprender.
También las Constelaciones me enseñaron algo que para mí fue profundamente revelador: la exclusión tiene un enorme peso dentro de los sistemas familiares.
En una familia nadie deja de pertenecer porque haya sido rechazado, olvidado, juzgado o apartado.
El sistema recuerda.
Y muchas veces, generaciones después, alguien vuelve a ocupar sin saberlo el lugar del diferente, del que no encaja, del que hace elecciones que los demás no comprenden.
Por amor y por lealtad podemos repetir historias que ni siquiera sabemos que existen.
Por eso, cuando una persona me dice:
“Yo siempre fui el raro de mi familia”,
“nunca sentí que pertenecía”,
“siempre termino quedándome afuera”…
yo ya no escucho solamente una historia de rechazo.
Me pregunto qué hay detrás de esa exclusión.
Qué historia está contando.
A quién puede estar representando.
Qué lugar está intentando encontrar.
Y también me pregunto algo más: cuánto de aquello que creemos que nos hizo diferentes fue, en realidad, parte de nuestra esencia desde el principio.
Hoy miro con mucha ternura a aquella niña.
A ese bichito raro que tantas veces no entendía por qué no la elegían.
Y si pudiera sentarme un ratito a su lado, creo que no intentaría explicarle nada.
Solamente le diría:
“No cambies. Un día vas a entender.”
Porque muchas de las cosas por las que alguna vez me sentí diferente terminaron formando parte de quien soy.
Mi sensibilidad.
Mi manera de percibir al otro.
Mi necesidad de mirar más allá de las apariencias.
Mi forma de encontrarme con las personas desde otro lugar.
Tal vez algunas de las partes de nosotros que más intentamos esconder para ser aceptados sean precisamente las que algún día tendremos que recuperar para encontrarnos.
Por eso, si alguna vez también te sentiste el bichito raro, no te apresures a pensar que había algo malo en ti.
Quizás todavía hay una historia detrás de esa sensación esperando ser comprendida.
Una historia tuya.
Una historia familiar.
Una vieja exclusión.
Una lealtad invisible.
En un proceso terapéutico podemos comenzar a mirar esa historia, tu energía, tus vínculos y tu lugar dentro de tu sistema.
No para conseguir que finalmente todos te acepten.
Sino para llegar a un lugar mucho más profundo:
que ya no necesites dejar de ser tú para sentir que perteneces.
Te abrazo
Lic. Nancy

